Dec 20, 2010

solía creer...

Solía creer que la vida cambiaría radicalmente cuando viviera sola. Que la vida iniciaría cuando me casara. Que cuando terminara el doctorado sería una persona respetable, con valor. Que cuando me mudara a Chiapas, todo sería diferente, parecido a lo perfecto. Solía creer que nunca me dejarían de doler las pérdidas vividas. Que nunca superaría la ausencia de aquél hombre. Que nunca llegaría otro siquiera cercano a aquél. Solía creer que hay cosas sagradas, prohibidas, ocultas. Que la vida se debe defender ante todo. Que hay, tanto acontecimientos deseables, como otros inaceptables. Que siempre todo me alegraría o me dolería, que no lograría separar mis emociones de los eventos jamás. Que siempre podría hacer algo al respecto de las cosas, que yo tenía el control. Que siempre sentiría dolor ante la miseria, y alegría ante la abundancia. Solía creer que mi valoración de las cosas era objetiva y absoluta. Solía creer que la vida jamás terminaría, la mía, la de mis queridos. Solía creer que no había fin.

Pero ya no lo creo más.


Dec 18, 2010


"Estás hermosa, carajo", dijo mientras lo montaba.

La Vida me grita desde hace varios días que todo está mucho más cerca de lo que pienso.

De pronto me ha abrazado el pánico a la muerte.


mármol


No sé bien cómo fue. Desperté con cierto sinsabor en la cabeza, sin poder relatar el sueño que me producía esa sensación. Me acompañó la incomodidad unas horas, el comezón. Poco a poco emergió la fuente diáfana. Se había desmoronado esa cubierta tibia de su presencia en mi mundo, el sentimiento cálido que me acompaña cada momento desde que estoy con él, que prevalece aunque está lejos y sé muy poco de él en días, aunque no escucho su voz por semanas. Se había ido la almohadilla confortable de su fresca sombra. Quedaba la loza brillante y fría, el mármol sólido y resbaloso, la superficie desnuda y lisa.

No me quería.

Había sido todo imaginación mía. Cerebro de mujer que crea, inventa, arma una historia en la cabeza. Se cree que sabe y que está seguro, que las cosas son, y no que parecen. Hubo silencio. Todo era entonces diferente. No habían lindos recuerdos de nuestros viajes, no había confianza, no había intimidad ni complicidad. No había nada. No había el cuenta conmigo, ni el aquí estoy. No había nada. No habían esas noches largas de hacer el amor una vez, y otra, y otra, y despertar abrazados y sonriendo. No había el te quiero tanto. No había nada.

Curiosamente, en el sueño, no me explicaba el fin, ni me lo cuestionaba. Simplemente se había develado la realidad y así era. Mi estatus había cambiado de con él a con nadie, como fue siempre antes. En mi psique profunda se declaraba desierto el lugar, tan desierto que desaparecía. No había nadie. Era yo otra vez sola, quién quiera que yo fuese, lo que quiera que yo fuese, lo que quiera que "sola" significara, porque significa tantas cosas, y a la vez no cambia nada. Era de nuevo esta mujer que hace, que va, que viene, que piensa, que siente, que todo es implosión y silencio en su vida. Que no sabe ni quiere remediarlo, que está vencida. Otra vez como antes. Me rendía ante el inevitable estado ya experimentado por años. Entraba en la celda como el reo que sabe que tiene cadena perpetua, resignado, sumiso, doliente. Se había ido mi oportunidad de seguir amando. Se había terminado. Quedaba sólo el cuerpo automático y la vida insabora. No me quedaba energía para agradecer lo pasado. Sólo resignación y mucha tristeza. No tristeza por lo que se había perdido, sino por lo que venía adelante.

Y así avanzó el día. No pude enviarle mensaje alguno. ¿Qué tal que fuera todo cierto? ¿Qué tal que mi subconsciente me hablaba a través del sueño? Tal vez me avisaba a mí misma que dejara de crear la historia. Que rompiera la necesidad, el apego. Anular la falta que me hace su presencia. Que volviera a ser aquella otra, sin el calor de su compañía. Que enfrentara la vida sin el apoyo del sonido de su respiración a mi lado. Y así fue. Se replegaron las emociones. Se amputó el pedazo de corazón que le quiere y le extraña, le siente y late por él.

Y me costó más que nunca llevar el día... la vida. Me di cuenta de cuánto me impulsaba sin hacer nada, sólo estando en mi cabeza con brillo de fogata chispeante. Y cuánto me pesaba el día sin su luz y su calor de fuego vivo. Me pesaba terriblemente, tanto, que me aplastaba. Sin él nada de este esfuerzo parecía valer la pena.

¿Por qué? ¿Qué tenía qué ver él con lo que yo estaba haciendo? ¿Qué estaba haciendo entonces? ¿Forzándome a sobrellevar una vida "dura" valiéndome del motor de estar enamorada? ¿Pretendiendo que todo era sencillo porque de todas formas, encima de todo, le amaba? ¿Qué clase de demostración era ésta? ¿Para quién? ¿Para él, que de todo esto no sabía nada? ¿Para mí, que a veces podía ver claramente que todo este esfuerzo estaba vacío y era hasta cierto punto inútil? De nuevo me forzaba por motivos que ni yo misma entendía claramente. Quería escapar de la prisión que me había construído. Y sin tener mejor prisión para mudarme, se hacía evidente que no quería estar fuera, suelta, libre, sin agarrarme de nada. Ni siquiera del dolor que toda esta excusa llenaba en mi cabeza.

Entonces parecía claro. Tenía todavía que llegar a ser quién soy, con él o sin él. De otra forma no habrá nada que me consuele. Y tampoco podré amarle con corazón saludable y pleno. Será él siempre otra frazada para tapar el frío más hondo que me sigue congelando el alma.



Dec 5, 2010

peso cotidiano


Quisiera saber lo que tengo que hacer
para darle la vuelta a la vida y ver
que el peso cotidiano en los hombros es
emocionante y maravilloso

Cómo despertar una vez más y ver
la luz radiante en el amanecer
el enésimo milagro renacer
corriente, común, hermoso

Cómo aquilatar lo que la vida da
aún con aquello que nos falta

Y no caer en la trillada trampa
de ver terrible lo glorioso


¿Qué la vida es corta? ¿Qué se pasa volando, qué no te das cuenta, qué ojalá volvieran todos esos años? ¿Qué los años vuelan, qué en un parpadeo todo ha cambiado, qué nunca supimos cuándo pasó todo? ¿Qué ojalá repitiéramos todos esos momentos, qué no vimos a dónde se fueron? ¿Qué parece que fue ayer lo que fue hace muchos años?

La vida no es corta, ni se pasa volando. Los años son largos, con sus estaciones, sus cambios de horario, sus temporadas. Las hojas se secan, una a una, se desprenden, vuelan, caen. Las ramas se quedan desnudas esperando que pase el invierno, sin saber si pasará o no. Los meses son eternos, sus semanas perennes, los días se estiran desde los primeros rayos, las horas gotean lentas por el reloj, minuto, a minuto, a minuto. Los segundos se suceden uno tras otro, cada uno con su espacio propio, y tan lentamente se acumulan... El silencioso ahora sobrevive siempre.

En cada presente, los espacios cambian, las personas cambian. Nos ocupa el teatro de la vida, nos convence de tomar parte. Nos involucramos, nos la creemos. Damos credenciales a todo lo pensado, hacemos y hacemos y hacemos. Perseguimos metas, proyectos. Inicio, desarrollo, conclusión, fin. Siguiente. Complejizamos. Hablamos. Hablamos en consecuencia con. Hablamos sobre de. Hablamos con el fin de. Hablamos para. Hacemos, hacemos. Otra vez, otra vez, otra vez. No podemos dejar la obra, nuestro papel casualmente resulta siempre el del protagonista. ¿Qué haríamos de la obra sin nosotros?

Pero llega un momento de silencio tan largo, que es repentinamente obvio. Antes del primer segundo marcado por el primer reloj no había segundos. Los ciclos naturales no están cronometrados, varían y ocurren, o no. La vida se crea, se destruye, o no. No hay tiempo, no hay espacio, no hay obra. No hay nada. Para el ratón-mascota la vida es la rueda, el aserrín, el baldecito de agua, la ratoncita, y empezar todo de nuevo. Para él todo es tan necesario, interesante, meritorio. Quiere involucrarse. El ratón libre sólo pastorea. Improvisa cada instante, huele el viento, tal vez encuentre una hembra, tal vez no. Pasará su vida simple. Sin darle demasiada importancia, ni siquiera al momento del fin. Un instante vivirá. Al siguiente, no. Es ratón, no tiene que ser otra cosa. Ser lo que es es suficiente.




Nov 29, 2010

pueblo chico... ¿qué hago aquí?

"Últimamente ando algo perdido. Me han vencido viejos fantasmas, nuevas rutinas." - Ismael Serrano.

Últimamente ando algo perdida. No entiendo bien qué hago aquí, por qué vine, por qué sigo aquí y qué es lo que espero subconcientemente qué suceda. Y es que no es sencillo sintonizarse de pronto en una realidad pequeña y local, o al menos no lo es para mí. Me encuentro a mí misma angustiada por detalles insignificantes de la cotidianeidad, que si no hay teléfono, que si no hay sillón para sentarse, que si mejor focos de luz amarilla que focos de luz blanca. ¿Por qué pongo tanto esfuerzo en las cosas?

En el jardín hay 3 perros: un macho cachorro, uno joven, y una hembra. No son míos, son perros callejeros. Pero les he dado de comer un par de días y ahora los 3 mueven la cola en las mañanas, afuera de la puerta. Hoy amanecieron otros 4 perros nuevos, asediando a la hembra que parece estar en celo. Pero ella no les permite montarla, les lanza dentelladas feroces y afila las orejas. No la dejan en paz. Uno chaparrito se queda penetrando el aire con insistencia, sin poder controlar el impulso de cruzarse. A la hembra le he hecho un encierro de malla, muy sencillo, para que la dejen en paz. Ha buscado salirse ella misma, pero sin éxito, y por fin se ha rendido en una esquina, hecha bolita. Me hizo pensar qué vale más, la comodidad o la libertad. Y yo qué busco exactamente, ¿libertad, comodidad? Yo también valoro más la primera que la segunda... ¿o no?

En las mañanas enciendo el radio, escucho la corta transmisión del D.F. Me sabe a gloria, como si con ello me conectara con la realidad, no este ramillete de historias sin remedio. Después de Granados Chapa sigue un programa local de "denuncia", donde una voz femenina con tinte de hartazgo y fracaso enlista durante una hora todo tipo de vejaciones cometidas contra los "compañeros y compañeras". Me inspira tanto coraje. No sólo las vejaciones, sino la tónica del programa. No podía ser una transmisión inspiradora, de casos exitosos de organización, de empresas rurales, de alternativas, no, a las 9:30am hay que chutarse diario la miseria humana interminable. Y todos los días es igual. Apago el radio. Vuelvo a la nueva rutina.

Todos me preguntan el precio de todo. Cuánto costó el carro, cuánto costó el celular, cuánto costó la laptop, cuánto costó la bicicleta, cuánto costó el colchón, cuánto costó la puta malla de la perra. Solía responder con candidez y cierta vergüenza, mmm, bueno, costó esto. "-Es caro.", replicaban. "-Si, ¡muy caro!", fingía yo. De nuevo esa sensación de culpa. (Si, lo siento, es que puedo pagarlo, discúlpeme, tiene razón, es carísimo, no debí comprarlo). Es suficiente. He decidido mentir flagrantemente. Primero la libertad, e inmediatamente la comodidad. Hoy me ha preguntado el vigilante cuánto pago de renta de la casa. "No lo he acordado con la dueña", he respondido previo a su mirada incrédula, "y disculpe que lo deje, tengo que irme a trabajar", he rematado. Me he sentido mejor. Que haga con su pregunta lo que quiera, que yo ya lo he hecho con mi respuesta. Me viene siendo extremadamente útil la fiereza de la perra. Debo lanzar dentelladas si no quiero joderme junto con el programa de radio.

Nov 25, 2010

favor


quémame. consúmeme. destrózame esta noche. quiero morir así, desnuda, entre tus brazos. que por fin termine todo y olvidarme de mi vida. sé lo último que mire, lo último que sienta, lo último que me vea respirar. y exhalar por fin la despedida. liberarme del peso de la vida y la existencia, el gusto por el placer, el rechazo por el dolor, la ambición y el miedo. volar libre por el cuarto sin que ya nada importe, y desintegrarme en el viento de la noche.

Nov 13, 2010

lo llano


Cuando nazca quiero ser un sotaco simpático y desparpajado. Con la cabeza grande y el cuerpo pequeño, compacto, bien musculoso. Renguearé un poco y tendré un ojo más abierto que otro, la voz y la barbilla rasposas y los dedos cortos y gruesos. No seré parte de ningún grupo de señoritos y esos hombres refinados que no son hombres. Seré varón y macho y hombre y tipo, con los pies bien grandes y feos. Lo poco que coincidiera mi apariencia con el estereotipo de los espectaculares estará compensado por la consistencia permanente de mi personalidad de pirata urbano. No se pondrá en duda quién soy ni por mí ni por nadie, no habrá duda de que soy quién soy y no soy otro.

Me presentaré contenido y consecuente. Conciente del teatro de la vida y bien despreocupado de la no trascendencia de las cosas. Hablaré lo que piense sin tiempo alguno entre ambos procesos. Tendré una mujer lacia que no podrá ver con claridad casi nada, más que yo soy el hombre que la tiene y que es tenida. Será liviana y risueña, sin dimensiones, animal y automática.

Seré plomero u otro oficio sin cerebro, preocupado sólo por las válvulas y coples, soldar, desoldar, atornillar y abrir la llave. Gran distancia me separará del mundo y la vida será trabajar para comer y comer para trabajar. No tendrán sentido las dudas o contemplaciones, y al cerrar los ojos de noche no pensaré nada porque caeré en un sueño profundo y plano sin poder siquiera darme cuenta de que he perdido la conciencia.

nos estorbaba el elemento "relación". ¿no podíamos ser sólo él y yo, diáfanos, directos, sin relación-intermediario? él estaba claro, yo estaba clara, ¿para qué etiquetar un vínculo inventado? era sólo limitar el amplio tiempoespacio en el que estábamos siendo. di un paso para atrás y me quité de la cabeza el elemento sobrante.

Oct 23, 2010


No me interesa, te lo digo, que compartamos experiencias. No me interesa que tengamos recuerdos, que acumulemos anécdotas, que atemos a lugares y a momentos los sentimientos. No me interesa que viajemos a mil lugares y tengamos bitácoras mentales. No me interesa si uno le salva la vida al otro, o se la condena. No me interesa si eres el primero -o el último- en decirme o hacerme cualquier cosa. No me interesa si amanecemos juntos amanecer tras amanecer, o muy pocos. No me interesa si tenemos un bar de costumbre, una frase o un gesto. No me interesa la bendición del cajón con tu ropa, ni tu colonia en la almohada, ni tu música en mi ipod, ni tus libros en mi librero. Todo eso está bien, pero no me interesa.

No te engañes, soy noble, pero no estúpida.

Me interesa el espacio que llenas con tu voz en el silencio. Saber qué te mueve a hacer lo que haces y qué piensas al hacerlo. Me interesa qué hay en el fondo de tu motor, qué piensas en la vida que vale la pena. Me interesa tu mente sin el filtro de tu consciencia, y tu consciencia sin el filtro de tu mente. Me interesan tus palabras debajo de tu discurso. Me interesa lo que realmente te interesa. Me interesa lo que realmente sientes, lo que sea. Lo que te enfurece sin que te des cuenta de cómo es que te enfurece tanto, lo que te aterroriza hasta las lágrimas, lo que te repugna en los demás y en tí mismo. Me interesa lo que ocultas, tanto, que lo olvidas, hasta que lo recuerdas.

¿Es que hay otra cosa que realmente importe? ¿Conocerte es acaso escuchar un cúmulo de gustos triviales? Anécdotas de memoria, relatorías de episodios de vida. ¿Qué es tu compañía si no sé quién te habita? Qué es tu pasión si no sé qué te mueve. Qué es tu deseo si no sé lo que quieres. Quién eres tú cuando no estoy yo para editarte. Qué preguntas tienes que nunca harías. Quién eres tú allá adentro, cuando te hablas, certero de estar mudo y pensando, y quién habla es tu esencia y quién realmente, realmente, eres. Si has hecho el ejercicio de observarte y criticarte, qué has visto, qué percibes de tí mismo, qué verdades te confiesas en silencio, qué mentiras usas para vivir a costa de esas verdades.

Eso quiero, el núcleo, el centro. Digamos qué realmente pensamos, sentimos, de qué se trata la vida para cada uno. Demos a esto algo de calidad, algo humano, algo profundo, algo divino, algo nuevo, algo fresco, algo auténtico, algo personal, algo íntimo. Dejémonos de símbolos y signos. Dejémonos de cánones y estilos. Dejémonos de confort y resguardo. Dejémonos de tibiezas y seguridades. Crucemos la línea, vamos a otro nivel, vamos a escucharnos.

Ante la catástrofe, siempre me costaba encontrar ese punto. El punto dónde confluyen la genuina consternación y la indiferencia indolente ante lo ingobernable. Cómo encontrar el peso justo... ¿Me estaba mortificando demasiado? ¿O no era consciente de la gravedad de las cosas? ¿Qué dirían otros, "es terrible", o "no pasa nada"? ¿Qué efecto tendrían estos comentarios en mi propia sensación al respecto? ¿Dependería acaso de quién lo dijera?

No siempre había sido así, esta distancia, esta especie de frialdad. Aún no sé si es auténtica, o construída como mecanismo de protección. De antes, recuerdo bien la sensación repentina de la sangre que se va del cerebro, la piedra en el estómago, la sensación terrible de que hace un segundo, dos, tres, cuatro, todo era diferente. Todo estaba bien. Todo era normal. Pero ya no. Irreversiblemente todo está mal, todo es anormal. El peso asfixiante de la realidad imposible de reuir, ahora transformada. Recuerdo bien.

Pero esta ocasión no fue así. Mi mente trató de traumatizarme, se alarmó, me llamó a alarmarme. Pero no pude tomarme la molestia. ¿Qué iba a solucionar alarmándome? Había una sensación de miedo, tristeza, pérdida, si, pero alarma... no tenía sentido. Había una sensación de que esto no era grave comparado con lo grave que ya he tolerado, lo que en verdad me ha dolido, lo que ha quedado en el olvido, sin solución, porque es imposible solucionarlo. Y esto también. Una mujer adulta, con la vida hecha y en marcha, tiene que responsabilizarse de sus errores, no hace falta que busque la conmiseración de nadie, mucho menos encontrar algún consuelo en la queja, verbalizarlo, ¿para qué? Todo serían consolaciones huecas. La realidad era una. La vida me seguía viviendo. No había que resistirse. Dejar pasar el miedo, respirar hondo, y dejarla seguir.

Oct 18, 2010

cresta de la ola


Jamás le había sucedido. Sí había experimentado antes momentos de éxtasis y vasto placer, pero, esto, jamás. Ambas ocasiones habían ocurrido de día. Todo había empezado normalmente, quizá con cierta sensación particular de relajación y libertad, tanta luz en la habitación, las obligaciones abandonadas sin excepción y una atmósfera de intensas intimidad, complicidad y confianza. Salir a la calle a jugar sin hora fija de regreso. No podía anteponer qué sucedería, ocurría así de pronto. Un circuito de energía los recorría y conectaba, la sensación era sutil pero a la vez sólida. Después de algunos minutos de ritmo estable, sudor y saliva, de respirar y sentir la luz entrando por la ventana, le brotaba de pronto un gemido curioso del pecho. Era algo distinto de los usuales, tenía vida propia. Casi podía decir que no se debía en particular a una estimulación erótica. Parecía provenir de otra naturaleza. De pronto desaparecía la habitación, se le desintegraba la piel en mil partículas de energía, el cerebro quedaba deprovisto de mente, y desde muy dentro, le brotaba una risa excepcional.

Reía, muy, pero muy fuerte, mucho tiempo, con el pulmón completo, sin tono de humor particular, sin sentido, vertiendo la vida fuera de sí, a bocanadas. Una risa que no ríe, un sonido de placer gritado, de plena felicidad, de expansión de diafragma y de conciencia, una risa de orgasmo, de amor, de gozo.

Él seguía balanceándose gustoso y completo, sudoroso, tan bello, y la miraba, quizá intrigado, quizá divertido, pacífico. Y ella, antes de volverse a la deliciosa tensión de la fuerza y la lucha, reía otro tanto.


Oct 17, 2010

crónica de niñez cotidiana II


T
odos los años había un concurso de narrativa en la primaria. No comprendía muy bien qué significaba la palabra "narrativa", pero sabía que podía escribir un cuento y participar en el concurso. Mitad por deber, mitad por querer, siempre que la directora entraba en el salón anunciando el concurso, se proponía participar con alguna historia. Era extraño, ver a la directora ahí en el salón, tan cerca, hablando con los alumnos seriamente sobre la importancia del concurso, sobre las complejísimas indicaciones para participar, escribir el cuento a mano, hacer 6 copias en la papelería (estas no debían ser a mano), elegir un pseudónimo (un nombre que no era su nombre real, sino un nombre falso con el que firmaría el cuento, y debía ser diferente cada año), incluír un sobre aparte donde se indicara la identidad verdadera del autor, es decir, el nombre falso y el nombre real, meter todo en un sobre más grande, y depositarlo en un buzón extraño en forma de huevo de pazcua u otra figura sin relación con la literatura, y esperar el resultado.

No comprendía bien cuánto tiempo tenía para escribir el cuento. ¿Debía hacerlo ya? ¿Debía esperar? ¿Cuándo llegaba la última oportunidad para depositar el sobre en el buzón? Recuerda que era complicado saber si faltaba "mucho" o "poco" para entregar el cuento. Así que regresaba a casa y esa tarde, junto con las que le siguieran, pensaba de qué escribiría, qué valdría la pena contar. El tema era libre, eso lo hacía más difícil. ¿Animales, niños, misterio, aventura? No se decidía por nada.

En primer año escribió durante las vacaciones. Estaba con su familia en algún lugar de playa. Le pidió a la mamá que le ayudara a escribir su cuento. ¿De qué quieres escribir?, le preguntaba ella. No lo sabía. Se le ocurrió escribir un cuento sobre los sueños, que Dios mandaba a los niños cada noche, como polvo que cae del cielo. El problema era que se había quedado corto de sueños y tenía que repartir el mismo sueño a dos niños. A la mañana siguiente, uno de los niños compartía su sueño, había "pescado un gran salmón", y casualmente su amigo había soñado lo mismo. Reían. Era todo. Era un cuento muy breve, estaba algo decepcionada de su capacidad de "narrativa". Lo tituló "Los sueños que caen". Con ayuda de su madre, depositó el sobre en el extraño buzón.

Llegó el día de la premiación, que solía ser el 30 de abril. Estaba lista para no escuchar su nombre en los ganadores, ganar siempre era muy difícil. Hubo tres premios de "mención honorífica", que era algo así como tres segundos lugares. Después mencionaron el primer lugar, que ese año se llevaría un reloj "Casio" como premio. Y ganó. Cuando llegó a casa anunció que había ganado. Sus padres la felicitaron mucho y estaban muy contentos. El reloj estaba muy bonito. Lo sigue estando.

Y así escribió cada año un cuento. En tercer año ganó primer lugar de nuevo. Su cuento se llamaba "Un solo color", y trataba de un camaleón que no podía cambiar de color como sus amigos camaleones. Sólo hasta que el protagonista hizo mucho esfuerzo y puso mucho entusiasmo en realizar sus labores, entonces se encendieron las partes de su cuerpo con vivos colores. Todo era cuestión de actitud.

En quinto año ganó una mención honorífica. Esa ocasión el cuento era de terror y hablaba sobre una niña que bucea en el mar buscando la pista de un tesoro. Cuando logra leer el cofre del tesoro que está en el fondo del mar, descubre que todo ha sido una trampa que pone sobre ella una maldición. Cuando sale a la superficie, todos se han ido y está sola en mar abierto. Era escalofriante y con estilo. Ese cuento le gustó mucho.

Y en sexto año escribió un cuento de ficción que se titulaba "Los platinecos y el tiempo". Se trataba de unos extraños seres llamados platinecos que perdían la noción del tiempo. El héroe del cuento debía ir en busca de un viejo que le dijera qué hora era, pues la vida de los platinecos era un caos desde que nadie sabía exactamente a qué hora comer, a qué hora dormir, a qué hora llegar al trabajo, etc. No pensó que ganaría, pues ya eran dos ocasiones -y media- que recibía premio. Pero de nuevo ganó primer lugar. Era ya una niña grande, corrió por el pasillo para recibir el premio y chocaba las palmas con los amigos que la celebraban como "buenísima para escribir cuentos".

A veces pienso que es una pena que no siguieran los concursos de narrativa en la secundaria o la preparatoria. También no haber tenido grandes maestros de Literatura, y que la carrera tuviera un nombre extraño (Letras Inglesas, Letras Clásicas) y no me pareciera que ahí iba a aprender a ser escritora. A veces pienso que es una pena que mis padres no me dijeran sobre concursos públicos de literatura de jóvenes. O tal vez lo hicieron y no comprendí de qué se trataba. En fin. A pesar de todo ello, leer y escribir son de las pocas cosas que hago completamente por gusto, sin obligación alguna más que el placer de vertir en la hoja lo que resuena en el interior.

Oct 16, 2010



Cuánto tiempo deseando morir. Me pregunto si seré consecuente con ello cuando muera.

Oct 13, 2010

...


Pero sí hay un dolor al ver todo desmoronarse. Es casi como un ente definido que está muriendo. Un dolor punzante y profundo, de llanto repentino, y repentino fin del llanto. Mucha resignación ante un proceso inevitable, doloroso si, pero al fin y al cabo inevitable. Un dolor de alma infantil, que entiende todo de pronto, de saber que no hay cosa que la distraiga de la esencia, de entender que la comprensión es inevitable, e imposible deslindarse de ella, ya no hay forma de escabullirse entre la multitud de ideas y conceptos, y fingir que no se ha comprendido nada... No. No hay forma de revertir este proceso, suceda lo que suceda. Sólo queda entregarse, sabiendo que tampoco sirve de mucho decidirlo.

Oct 12, 2010

retiro



Comienza a dominar una sensación de estar lejos de todo. Más de lo que creí posible. Hay un silencio repentino, inesperado. Un silencio muy profundo, como el del esófago o el pulmón. El eco de la vida se percibe muy lejano y sin sentido, "afuera". No hace falta pensar nada para ser pulmón. Hay mucha indiferencia y ausencia de identificación. No hay preocupación ni drama algunos. Casi sin poder tomarme la molestia de pensar o sentir nada... Apenas la molestia de respirar porque esa se toma sola. De pronto hay una risa, pero esa también se escucha lejos.

Verdad, mentira, ¿qué importa? Felicidad, tristeza, ¿qué importa? Estas preguntas ridículas, ¿quién soy, qué es esto?.. ¿qué importan? Sin tragedia ni por causa, ni por efecto, nada importa. Mi voz es tan extraña, imposible comprender qué y por qué lo digo. De nuevo el cansancio de soportar la vida. Tanta importancia a la existencia, cuando es inexplicable, y no importa tampoco si no lo fuera. Todas las estructuras se desmoronan. Todas. ¿Para qué tomarse la molestia de comprometerse con alguna?

Pero quizá hay todavía algo qué hacer antes de no hacer nada nunca más. La montaña y las mañanas al cobijo de las ramas. El florecimiento de la anti-personalidad, la anti-individualidad, la anti-intensión, la anti-persecución. El retiro voluntario de aquel circo arbitrario de conceptos y etiquetas. Fundirse en el anonimato... Ser desconocido al mundo externo de paredes, habitar el mundo interno como único habitante de un tiempo-espacio infinitos. Arrogante, quizá, este retiro voluntario... ¿pero qué importa? No habrá quién se preocupe por ser catalogado, porque no habrá nadie preocupado por el catálogo. No habrá catálogo alguno para nadie y para nada. No hará falta pronunciar nunca más una palabra.

Sep 24, 2010

casacaracol


La morada era un recinto de paz y se notaba. Tenía cierto aire de independencia de la casa, ni él parecía pertenecerle, ni ésta a él. La estructura de la construcción era dominante, y los detalles, inocuos. El silencio era envolvente y las temperaturas vivas. Los pies frescos en la planta baja y el corazón caliente en la planta alta. El aire y la comodidad corrían libres entre las puertas abiertas y las ventanas. Disfrutaba de los tonos verdes asomándose desde el jardín, a través de los cristales discretos, contrastando con los blancos de las paredes y los ocres y terracotas de las cerámicas.

Llegaba a casa siempre. Se movía tranquilo en su espacio como quién conoce bien su cueva. No se reservaba ningún movimiento. Con los pasos amplios y ligeros, tomaba los espacios y flotaba. Subía con pasos de metal las escaleras y se cambiaba a algo cómodo en un rincón privado. A través de la biblioteca y al abrazo de los libros caminaba. Se recostaba un rato en el sillón, etéreo. Picaba en la cocina algo improvisado. La canasta siempre llena de manzanas. O se sentaba un momento en el estudio a curiosear de la red lo indispensable. O simplemente no hacía nada.

Al atardecer nos acompañaba alguna música que avivaba el espacio, sinergética. Leía yo algo de su biblioteca, tranquila. Mientras tanto él hacía algunas cosas de rutina y se escuchaban sus pasos rozando el suelo, de un lado a otro, y por fin acercarse a la habitación. Era su escondite más íntimo y privado, tranquilo y neutral, la guarida siempre salva. No había muebles, no había cuadros, no había nada. Apenas cálidos tapetes en el suelo y decoración agradablemente austera. Se asemejaba a las celdas de retiro, con paredes curvas blanquísimas, el piso de cálida cerámica y el ambiente sin distracciones, saturaciones, ni evasiones. Me era inevitable sentirme algo intrusa.

Cerraba la puerta como dejando el mundo entero tras ella, dándonos privacía absoluta. Apenas asegurar el picaporte, la habitación era cápsula viajera independiente. No había forma de escapar, y nadie lo deseaba. Lo que entonces sucediera era completamente impredecible y oscilaba entre los extremos del espectro. Podía no suceder nada, podía suceder todo. Una larga noche de sueño reparador, quizá. Quizá no. A la luz de la pequeña lamparilla, cuidadoso daba fin a la música que antes me acompañara. No hablaba, era su territorio. Dormía sólo con camiseta y el cabello suelto. Entraba en la ropa de cama tranquilo, franco y diría que hasta festivo. Mi cuerpo reaccionaba sutil a su discreta cercanía: tornaba de reposado a dispuesto sin cambiar nada.

Nunca recuerdo cómo iniciaba el paseo. Recorríamos caminos y veredas nuevos o ya clásicos, a veces caminaba él delante, y a veces me dejaba llevarlo. Aún andando lado a lado, me era todo nuevo y refrescante. Vasto jardín con sándalos y especias, magnolia profunda y saturante, menta fresca recién cortada, minerales de la tierra y aroma de rocas. Respiraba tranquilo y rítmico, concentrado y sereno. Mantenía un tono pacífico, mas no apático. Discreto, solicitaba y otorgaba. Generoso e insaciable. Sabía guiar y lo hacía bien, con mando y delicadeza. Inspiraba libertad y seguridad. No había nada qué temer. Estupefactos, se fusionaban los sentidos en canales híbridos. Desaparecía la linea entre cuerpo espíritu corazón cerebro. El encuentro era siempre psicotrópico.

Antes fallido, liberé el deseo de resistirme a amarlo al abrazarlo a la luz ámbar. Era tonto, lo sabía, mi cerebro confundía testosterona con serotonina. Pero entonces no pareció necesario esperar a un mejor momento para sentirlo, si es que hay un momento tal. Nuestras vidas, ambas, hechas, no entrelazadas, si acaso momentáneamente paralelas. Sin necesidad alguna uno del otro, al menos ninguna esencial o irremplazable. Era pues una reunión de libertades, de placeres, de risa. No había 'mañana', ni 'en unos años', ni compromiso, ni garantía. No había nada qué perder ni nada qué ganar. Y nada se perdía con amarlo ahí, al natural.

Sep 23, 2010

añoranza


He de venerar una montaña. Encontrarla en mi mirada lo primero en la mañana, y en el día, otra vez, otra vez, otra vez... A la piedra siempre presente, muda y franca, interponiéndose entre yo y el cielo. Mirándome sin ojos, escuchándome sin oídos, día tras día, semana tras semana, año tras año. El cobijo de su permanencia ineludible, su sombra sobre la simple rutina, una rutina tan consistente como su densidad pétrea. Reencontrarla repentinamente, notarla con conciencia, porque antes olvidara que ahí sigue, con sus lentísimos movimientos de traslación y rotación con estridencia imperceptible por estos canales tan burdos de forma de vida. Y a merced de las estaciones, observarla y que me observe, con respectivos cambios de ánimo, de actividad, de naturaleza. Apagar la luz y verla lo último antes de cerrar los ojos y morir, observarla ahí, negra contra el gris del cielo, fría y húmeda, sin dudar un segundo ser montaña. Ser montaña pase lo que pase. Y ella, con su sola presencia, apagándome el cerebro con su verde negro, cerrándome la boca con su contorno eterno, calmándome la angustia con sus aseveraciones: 'vas a morir, como todo, ten paciencia, como yo'. Todas las respuestas en su silencio que exclama el silencio ensordecedor de su presencia. Y perdernos en un anónimo nocturno y suspendido, viajando por el cosmos en la corteza de la tierra. Mil instantes en que somos sólo materia, indivisible masa humana y pétrea. La misma cosa que se observa y se contesta.

visceralidades


Ahí está otra vez esta manía de asociar lo inasociable y someterse al resultado. Un momento, otrora intrascendente, de pronto receptáculo de vertidos viscerales arbitrarios. Así, una esquina, una plaza, un escenario, no son más lo que fueron antes a los ojos. Son cápsulas mortales de emociones concentradas, casi inseparables, que me llevan inevitablemente por montañas rusas de repelencia y náusea, y no se tiene nada qué hacer, más que volver a pasar por las esquinas, cruzar las plazas, observar los escenarios, e, indefensa, volver a sentir el vuelco del estómago y la sensación de estar forzada a vivir lo indeseable, lo aborrecible, de nuevo ante la puerta del jardín de niños y esa desesperanza absoluta del ser que debe abrirse camino solo ante lo más repudiado de la vida a costa de conservarla.




crónica de niñez cotidiana


Podría decir que ir a la escuela le era tan nauseabundo como ver un cadáver todas las mañanas. Nunca vio uno, pero se sentía exactamente igual. Esa lóbrega sensación de repelencia. No recordaba una sola mañana agradable mientras fue a la escuela.

El despertador sonaba a las 6:15am y lo peor era lo primero: tener que encender la luz de buró, porque el sol todavía no saldría por un buen rato. El tímido 'click' del interruptor le molestaba: un sonido de mal augurio. Tardaba bastante en salir de la cama, siempre la esperanza de que algo repentino la salvara. Pero no. Se ponía la áspera camisa blanca, casi transparente y sosa. La falda era igualmente insabora y la textura resbalosa y fría. Tenía peto y apestaba a los tejidos artificiales con que hacen los uniformes para niños. Los calcetines eran de un verde deprimente, y los zapatos negros y pesados, como cada mañana. El suéter era un concentrado de aromas desagradables como lápices y papel y polvo y mesas y otros niños igualmente apestosos y acartonados. Y ése era el abrigo del día. Había que tomar la mochila y no olvidar la tarea hecha, y el lunch miserable y desabrido en la lonchera.

Subir al auto y escuchar el motor calentarse, sentir el frío en las piernas por la falda, irremediable. El cielo apenas aclaraba con un gris mortecino y fatídico. Salir entonces a las calles polvorientas y horrendas de México D.F., a la guerra encarnizada con millones de automovilistas que ya llevan una hora y media manejando, e impedirán a toda costa que uno llegue a su destino. Hay qué luchar contra todos para llegar. Y eso que la escuela estaba a 15 minutos de su casa. Al llegar, había que dar un beso al padre y salir del auto al frío mayor del aire libre. Entraba la primera a la escuela vacía y le esperaban entonces una eternidad, ó 40 minutos, errando por los vastos, sucios, frios, secos patios grises, salpicados de muchachitos esparcidos y abandonados igual que ella antes de que la irritante campana para entrar sonara. No había dónde sentarse que no fuera frío y sucio. Entraba al salón y se encontraba con olores desagradables de polvo, cuadernos, y gis, y maestras añejas, y suéteres de niños apestosos igual que el suyo.

Tomaba el sitio hasta atrás, pues era muy alta, y a veces se sentaba con un niño que también fuera muy alto y era extraño pues todas las niñas se sentaban con otras niñas, todas tan pequeñitas, como muñecas. Muy bien peinadas. Ella en cambio alcanzaba la estatura hasta de las maestras y no encajaba muy bien en ningún lado. Iniciaban las labores desencantadoras de la escuela: matemáticas, chillante cuaderno amarillo, español, un rojo confortante pero no del todo, ciencias naturales, el verde es vida, y ciencias sociales, el horripilante azul cielo que gritaba con hipocresía la verdadera dificultad de la disciplina. Nunca pudo memorizar fechas o nombres. Pasaba apenas con 6. Y siempre la angustia de la incertidumbre, exámenes, entregas, tareas. Diario los ejercicios aburridos y tediosos. Nunca estaba segura de haber sacado buenas calificaciones, y esa era su única responsabilidad, más le valía no sacar malas notas. Su madre indicaba el año y grupo en sus cuadernos con letras mayúsculas, rígidas y clarísimas, y no manuscrita condescendiente como los otros niños. I-B, II-A, III-B. Los años pasaban tan lentamente que era como tortura china mortal. Había que sobrevivir cada año para empezar de nuevo el doloroso proceso de un año más.

A la llegada del recreo salía con hastío a comerse el ansiado almuerzo (no recordaba haber desayunado nunca), que para ese entonces caía como piedra en el estómago. El sándwich aplastado y húmedo por el jitomate, las jícamas sosas y sin chile piquín. Nunca llevaba dinero para comprar golosinas y si acaso llevaba algo, le alcanzaba para muy poco. Vendían unos chochitos rojos que venían en un tubito laaargo, laaargo que había que mordisquear con ahínco para extraer y disfrutar, si es que esto era posible. Siempre le pareció algo estúpido e innecesario, pues no era difícil abrir el tubito desde el principio y comerse los chochitos en bocados normales, pero todo el mundo mordisqueaba sus tubitos y presumía felizmente una masa plástica y colorada que duraba horas y horas, o por lo menos los 20 minutos que duraba el recreo, así que así lo hacía ella también. A veces jugaban resorte y era divertido, era buena y le gustaba brincar. A veces llevaba en la mochila alguna pequeña muñeca que cuidaba celosamente del acoso de los ansiosos compañeritos. Fácilmente se hacía amiga de los niños que nadie quería, los que todos molestaban, tímidos y extraños, pues en casa le habían indicado claramente que no debía rechazarlos, y que eran normales y agradecerían mucho su aceptación. A veces se sentaba en alguna banca y observaba a los grandes y a los chiquitos y cómo los chiquitos del año pasado ahora no eran tan chiquitos y había unos chiquititos que venían del kínder y era muy chiquitos. Y como los grandes eran muy grandes, sus cuerpos eran grandes, y las niñas tenían fleco y caderas. Y aún cuando su hermano le llevaba sólo dos años, le parecía que estaba adelantadísimo y seguramente veía cosas en la escuela que ella jamás comprendería.

Así pasaron muchos años, primero el kínder, después la primaria. Una y otra vez despertarse, una y otra vez el click, una y otra vez el frío, una y otra vez la espera, una y otra vez la lucha, una y otra vez la náusea. Parecía que no iba a acabar nunca, que sería igual para siempre, que esa era la vida irremediablemente y que todos los seres humanos debían pasar por la tortura de ir a la escuela porque la vida no era para divertirse ni era fácil, porque todos tienen responsabilidades y deben cumplirlas, y porque no había otra opción, pues la responsabilidad de los niños es ir a la escuela y no se podía hacer después, uno tenía que asistir a la escuela en ese momento, cuando era niño y era indefenso.

Pero pasó. Y terminó. Y hoy agradece cada mañana de luz, cobijo, desayuno y libertad: ya nunca más tengo que ir a la escuela, bendito sea.

Sep 13, 2010


Yo
no soy
este cuerpo,
esta mente,
estas emociones,
estas experiencias,
estas relaciones,
esta ocupación,
esta resonancia,
esta voz, este encuentro,
estas ideas,
esta vida,
este principio,
este fin.

Nada de esto soy.

Quizá el Todo
me es.
Y yo/Todo,
soy.

Sep 11, 2010

distancia del pensamiento


"Lo importante es ser feliz". Trillado mandato vacío. ¿Hacer lo que te gusta, sentirte contento la mayoría del tiempo, experimentar placer, ser útil a los demás? O "ser feliz" a pesar de no experimentar nada de ello. "El sentido de la vida es amar". ¿El sentido de la vida es amar a alguien? ¿O -intentando sublimarlo- experimentar el "amor espiritual"? Qué básico sería el sentido de la vida, y bastante occidental también.

Muy bien, pongamos que hago lo que me gusta, que experimento placer, pongamos que soy útil a los demás, que experimento el amor espiritual. Una especie de libertad humana que no sabe de estructuras ni condicionamientos. Y luego, ¿qué? ¿Se resume la vida a la persecución incansable de experimentar sensaciones agradables? A buscar las circunstancias por las cuales alegrarse está ameritado, ¿acaso? Peor aún: pretender méritos, reconocimientos, logros, posesiones... O aún poéticamente: sabiduría, experiencia, comprensión, claridad.

Abandonando este razonamiento egocentrista (¿no lo son todos?), podría teorizarse que el sentido de la vida es aliviar el sufrimiento de otros. Pero por qué buscar eliminar el sufrimiento del ser humano, o de la Tierra, o de lo que sea. Parece una batalla del bien contra el mal: hay que escoger equipo y ponerse la camiseta. Hay algo que sigue siendo demasiado básico de este supuesto sentido de la vida.

¿Qué sucede si no se desea nada? Si no se desea siquiera comprender. Si no se desea alcanzar. Si no se desea recordar. Si no se desea siquiera definir. Si no se desea expresar. ¿Qué queda? ¿Esto es indiferencia, anarquía, egoísmo, desfachatez? Y más allá, ¿esto es un gravísimo error de valoración? ¿Resta deshacerse del deseo de responder?

Sep 10, 2010

suficiente

Demasiadas intensiones. Demasiadas solicitudes. Demasiadas discusiones. Demasiadas ponderaciones. Demasiadas decisiones. Demasiadas comparaciones. Demasiadas tribulaciones. Demasiadas vicisitudes. Demasiadas modificaciones. Demasiadas confrontaciones. Demasiadas interlocuciones. Demasiadas valoraciones. Demasiadas consideraciones. Demasiadas elecciones.

Bien, bien, suficiente. Ya está todo claro. Si, ha quedado claro.

Y ahora, ¿qué?

Sep 9, 2010

exorcismo de deseo


(No voy a pensar
en lo que escribo.
Voy a escribirlo así,
como salga.
No voy a pensar
en quién lo lea.
Voy a exorcisar
este deseo.)

Decide abrazarme al alba. Abrázame fuerte, con deseo, ya estoy esperando, aunque esté dormida. Búscame silencioso y anónimo, sin importar tampoco quién yo sea. Qué suceda lo que sea que sea, sin que seamos "tú y yo" en escena. Dime buenos días cientos de veces. Dame un beso amoroso, interesado, y espera entonces mi respuesta.

Pregunta cómo estoy, qué estoy pensando. Si he dejado de ser presa de mi mente. Dime si quién soy tiene sentido. Si me siento bien contigo. Si ya entiendo más o menos tu camino. Cuéntame para tí de qué se trata. Cuéntame qué sientes, qué te atrapa. Qué deseamos que fuera y no fue más. Qué diremos una vez y nunca más. Qué hay atrás. Qué arrastramos en la espalda, en la maleta.

Dime que te cuente de nosotros, como si nosotros no fuéramos nosotros. Que te hable como amigo, un tercero. Aconséjame qué hacer si estoy contigo, indícame quién eres en mi ausencia. Y pregúntame quién fui antes de tí, por tantos años. Hablaré también como una extraña. Cuéntame qué querías que fuera con ella. Pregúntame de él, de sus lecciones. Dime si es pasado o me persigue. Sácame aquel clavo como amigo. Nada puede ser sustituído.

Pero dime muchas veces que me quieres. Búscame una vez y otra y otra. Dispón de mí a quemarropa. Sin preguntar, sin pedir permiso. Sin considerar, sin ponderar avisos. Sal de tu escondite y pasea libre por la cueva. En silencio o háblame, no importa. Nada tienes que dar más que arrebato. Y aunque suena a desconsideración grosera, necesito eso y más por un buen rato.

Déjame abrazarte todo un día. Puedes pensar en lo que te dé la gana. Pero dame tu torso, tu cintura, para saciarme de tenerte entre mis brazos. De oler tus oídos, de mirar tu nuca, de sentir tus huesos afilados. Y cuando me separe, no te vayas. Quédate muy cerca y sé paciente. Verás que me sacio, que me lleno, que te dejo respirar, que te doy aire. Que no quiero tu alma para adorno, que no quiero tu cuerpo para el frío. Que no quiero hacerte mío. Que eres libre, que lo tienes todo. Que un abrazo de un día me aniquila.

Si intentas todo esto te prometo, que se irá la muchacha debilucha. Surgirá la pulpa de la opaca cáscara. Me darás cimientos, bienvenidas. Me darás el centro que no encuentro. Se irá mi lista de deseos. Se habrán todos satisfechos. Y nosotros, una vez deshechos, podremos renacer en nueva sintonía.

tarde quieta


(Me gustan) estas tardes quietas. Bajo un velo amarillento y luz mortecina. Las ramas quietísimas, estáticas, en fotografía. De las aves sólo un quejido esporádico, final, sin aleteo. (Me gusta observarlas y sentirlas). Pasan solas, nada qué hacer para que pasen. El tiempo suspendido unas horas, la luz cambiando lentamente, siempre vieja. (Me gusta pensar que yo no existo, que) estas tardes son así (conmigo, o sin mí).

Sep 2, 2010

hechizo para matar un cliché


El romance eterno con el compañero perfecto. La pertenencia a un hombre sólo. La realización de todos los sueños predichos, apropiados. La boda de blanco, el festejo, la independencia. Los años sin hijos y con doctorado. Los proyectos tempranos, insipientes y débiles, pero con esperanza. El vértigo de planearlo, embarazarse, dar a luz. La primer noche en casa, la pequeña familia. La queja común de las madres... y la alegría. La familia con el recién nacido. Los años juntos y los hijos creciendo. El hogar. El desayunador lleno, la misma pregunta todas las mañanas. El marido de décadas, transformado mil veces, siempre amigo. Las crisis, la angustia, la consciencia de la complejidad de la vida. Las vacaciones en gran familia. La grata sorpresa de verse en los padres como espejos. La seguridad de regresar a casa, siempre.

La dirección de la reserva de selva. El paisaje verde, la floresta, el entorno salvaje. La salvación y el rescate. El amanecer entre cantos exóticos, el aire tan puro, bañarse en el río. La choza de paja, la vida desnudos, el fuego. El proyecto y las cabañas, el ecoturismo y la entrega. Las botas y el jeep, el capataz y la orden, el recorrido y el plan. Las visitas de la gente interesante. Las alabanzas, la codicia de los hombres extraños. El orgullo del triunfo, el miedo a perderlo todo. La herencia del mundo exótico para el futuro.

La granja orgánica, la casa ecológica, el rancho autosuficiente. Las celdas de luz, el calentador solar, los muros térmicos. Las verduras del huerto, las frutas del árbol, los huevos frescos. La cocina ámbar, el jardín de hierbas. Los perros rescatados de la calle, los gatos amados y numerosos. La risa de los niños jugando, los besos de noche sin foco y con velas. Los libros polvosos, la biblioteca extensísima, tu sofá y tus gafas en el escritorio. Ofrecerte un té todas las tardes. El amanecer consuetudinario, el atardecer mil veces nuevo.

El amor incondicional y que todo lo comprende. La certeza de tomar las mejores decisiones. La cosecha de los frutos exactamente esperados. La ausencia de sorpresas, de vuelcos, de cambios. La despedida suave de los más queridos. Las deudas saldadas, la vida en paz. La muerte tranquila y en abundancia, la sabiduría y el silencio.

Todo.

¡A la hoguera!



me conmueve el aguacero
de aplausos
transformando repentino el silencio
interrumpiendo la nada
con más nada
el acto animal de
golpear las palmas
hacer algún ruido
el que salga
hacerlo muchas veces
una, otra, otra, otra
otra, otra, otra, otra
otra, otra, otra, y otra más
cándido, generoso, autoritario
tribal, infantil, primitivo
el instrumento mínimo
la melodía más económica
el gesto mudo más sonoro
la boca cerrada
y la palmas golpeándose entre sí
el aguacero de aplausos
transformando repentino el silencio

Aug 28, 2010

ayer sucederá ya


¡qué curioso invento, el pasado!
selección de "posibilidades"
el archivo de lo otrora no llegado
ahora fijo, inamovible, ya grabado

¡qué curioso leerme de hace un año!
encontrarme pensando en ese hombre
ponderando su recuerdo aquel presente
con el plan de buscarlo y encontrarle

¡qué curioso el invento del futuro!
el presente, el ahora misterioso
ignorado por completo en el pasado
aguardando un evento inesperado

¡qué curioso leerme en el presente!
de aquel hombre no queda nota alguna
y este otro es el tema más candente
dando voces de buena fortuna

qué curioso temer por el futuro
econtrando en el pasado referencias
amargas, dolorosas experiencias
arbitraria receta de conjuro

¿qué tendrá escondido lo que viene?
¿qué será pasado en el futuro?
¿qué vendrá mañana de presente?
¿servirá de algo lo que auguro?

Aug 26, 2010

máscara


Vertiginosamente caigo en esta vida nueva a la luz de tu compañía. ¿Quién soy yo, en tu presencia? No puedo ser la misma, silenciosa, reflexiva. Exploradora permanente del laberinto de la mente, melancólica, derrotada. Con mil excusas para denostarlo todo, hasta desear la muerte. Ya no.

Contigo, soy... (me observo). ¿Esa soy? ¿No es acaso una especie de actuación? Mi voz... no la reconozco. Evidentemente, esa otra que habla contigo no es precisamente ésta que habla sin voz. ¿Es posible siquiera no actuar del todo en tu presencia? Sigo cayendo vertiginosamente, hay muy poco tiempo para reaccionar y cancelar la función de una vez por todas. ¿Por qué me estoy colocando en este nivel intermedio de superficialidad durante nuestra interacción? Me pregunto si es posible no actuar del todo en cualquier relación. ¿Será posible ser el mismo estando solo o acompañado? No lo sé, será falta de costumbre, tal vez.

Al encuentro, nos abrazamos silenciosos. Pero ya es tarde, yo ya me he ido. Ahí está la otra, abrazándote, insegura. Tiene miedos, tantos, es terrible, se le cuelan por debajo de la puerta, filosos. Trato de animarla, le doy un pequeño empujón para que te siga abrazando. No puedo, me responde, tengo tanto miedo de no abrazarlo más, mejor lo dejo de abrazar ahora mismo (trata de dejarte ir suavemente). Deja de decir tonterías -trato de apoyarla-, pongámonos de acuerdo de una vez por todas, es mejor que yo mande, soy más segura. ¿Pero quién hablará con él?, me increpa, ¿ vas a exponerte aquí, en primer plano? Me parece demasiado riesgoso, le respondo, tal vez podamos seguir así un tiempo y poco a poco yo iré viendo si es seguro presentarme. Te advierto, me responde, que no podrás forzarte, y si sigues dejándome al frente, será más difícil que salgas algún día. Quizá no salgas jamás. ¿Por qué no me dejas mandar?, es más fácil, yo te representaré ante él, propone. ¿Y asumirme en franca falsedad y cobardía? No, pienso. Tarde o temprano tengo que manifestarme. ¿Pero cómo? La barrera del cuerpo me parece impenetrable. La voz sin voz y la voz de cuerdas nunca serán la misma, argumento.

La intensión no cuenta en este caso. Saldrá quién tenga que salir, es natural. No hay manera de forzar quién se aparece. El miedo puede restringirte, pero notarás que está presente, no puede pasar inadvertido. Haz llegado ya demasiado lejos. Ambas están ante tí y sabes bien quién habla cuando hablas.

Aug 25, 2010

sombra


Me sentía bien, no sé qué sucedió. Lavaba los platos y miré por la ventana, hacia abajo. Había dos perros iguales en la polvosa cancha de fut. Jugaban un poco y olisqueaban los rincones. No los había visto antes, se veían pequeños, me pregunté si serían cachorros. Se veían algo desconcertados, inestables, improvisados. Se echaron en medio del pasto, se enroscaron a poca distancia uno de otro. Me pregunté si habrían sido parte de una camada, o si los habrían abandonado ahí, si alguien les daría de comer, si se sentirían bien. Me hice estas preguntas específicamente, y no otras.

De pronto una oscuridad terrible me sombreó el corazón. Toda yo estuve sola y miserable, desprotegida de la vida, cansada de existir, agobiada por soportar la vida, aplastada por el peso de la experiencia constante a través de los sentidos. Tantos años, tantos. Tanto tiempo. Tantos pensamientos y vivencias. Mi cuerpo, mi mente, mi alma y mi corazón agotados, desgastados, descoloridos, inservibles... desperdiciados. Las antiguas motivaciones: ahora ausentes. Los deseos anteriores, dignos de persecución, ahora vanos y vacíos, blanquecinos recuerdos de algo que alguna vez pensé querer conseguir.

Un nudo me obstruyó la garganta. Permanecí quieta, con el semblante descompuesto, abstraída en un dolor profundo. Mi cerebró se resistió inmediatamente, tienes muchas cosas buenas, me dijo, esto, esto, esto y lo otro, piensa en eso. Pero la tristeza no escuchó razones ni obedeció motivos, lo cubrió todo como pintura gruesa que no transluce ni el mínimo rayo de luz. Entre náuseas, lloré.

Ahí estaba él. Notó lo que sucedía y me preguntó. No pude explicarle. ¿Qué se supone que debía decirle?, ¿vi unos perros por la ventana y ahora me siento fatal? Algo en mí me aconsejaba no dar explicaciones. Pensará que lloras porque se va, pensé. Pero no importaba si él pensaba eso o cualquier otra cosa. Porque esta tristeza era mucho más grande que la que sentía por no verlo más, ésta era dominante y absoluta, humana, no mundana. Era una tristeza del espíritu, no del fenómeno. Si él se quedara, y yo me sintiera consolada, sólo me mentiría, otro intento falso y vano de consolar lo inconsolable. Sólo atiné a decirle: a veces quisiera desaparecer.

Y aún entre sus brazos y con su compañía, supe bien que todo estaba perdido y que el tiempo pasado era irrecuperable, que la herida era mía, mi labor, sanarla, y mis intentos anteriores de hacer caso omiso de su profundidad se revelaban someros y tibios, ineficientes, quizá imposibles. ¿Qué haría con esa herida mientras el reloj siguiera corriendo? ¿Toda mi vida era una hipocresía? ¿Sufría por algo que me había mentido como ya superado? De nuevo, ante mi propia debilidad, me sentía fóbica. Nunca me ha sido fácil verme fallar, aunque no falle. Me agobió entonces el peso de la tristeza de ese momento, y el peso de saber que quizá tendría todavía el inóculo de la infelicidad absoluta, el peso de pensar que tendría que resolverlo, y el peso de saber que quizá sería irresolvible.

Aborrecía estas situaciones sin remedio. De nuevo mi pésima costumbre de modificarlo todo, de reúsar la incomodidad y lo que artificialmente consideraba no apropiado. ¿Por qué seguía resistiéndolo? Ya estaba claro que era inútil resistir la vida y sus matices. Y ésta de nuevo me golpeaba en la cara con lo más aborrecido, lo más doloroso. Como diciéndome, lo verás hasta que puedas verlo.

Jul 8, 2010

pasa a nuestro lado


¿Sabes que estás enamorada de mí?, has dicho. Algo en la pregunta me suena _______. ¿”Sé” que estoy enamorada de ti?, ¿cómo saber lo sentido?, ¿cómo sentir lo sabido? Lo he meditado un rato. Esto que siento, contigo, no, no me es familiar. Creo haber estado enamorada en el pasado (algo lejano), pero creo que desconozco cómo se sentiría estar enamorada hoy, cómo lo experimentaría la mujer que soy hoy, que poco tiene qué ver con la que en el pasado fue...

Pero no importa si estoy enamorada de tí o no. Quiero decir, la palabra no importa. Cuando sucedió antes, la exhilarante gloria siempre estuvo acompañada de oscuro sufrimiento, ambas revolcándose, codo a codo. Recuerdo bien el brillo de los ojos y las mariposas en el estómago... Y también los cuestionamientos y el profundo sinsabor del rechazo. Hoy todo ello me parece un poco infantil, innecesario, falso y hasta cierto punto antinatural. Más allá de las definiciones de enamoramiento, otra cosa me dice que esto -lo que quiera que sea- es un flujo armónico y no son necesarias la euforia ni la lamentación. Me siento bien contigo, si. ¿Enamorada? No lo ______.

Durante largo tiempo creí que todo tiene su momento en la vida. Tiene su momento el viajar de mochila por el mundo y dormir a la intemperie, rendir el culto al cuerpo y estar en perfecta forma, salir de casa de los padres y vivir solo, beber hasta la inconsciencia y hacer desfachateces sin vergüenza, dárselas de izquierda y "rebelarse" contra el sistema. Tiene su momento el enamorarse locamente y creer que se puede hacer todo en la vida. Tiene su momento el desear estar juntos para siempre, hasta que la muerte nos separe. Tiene su momento el emocionarse porque puede llegar el día en que 2 se conviertan en 3, quizá en 4... Tiene su momento el trabajar, trabajar, trabajar, hasta olvidar qué es el tiempo libre. Tiene su momento el detenerse y exigir auto-respeto. Y así como creí que todo tenía su momento, todos los viví en -lo que creí era- su momento "correcto".

¿Qué es "correcto" en este momento de la vida? ¡Ah!, maravilloso descubrimiento: no hay en mí el conocimiento de lo que "deba" ocupar este momento. Ha caducado la profesía emitida por mi propio oráculo infantil/adolescente. Recibo con gusto una vida presente, inventada en el momento, improvisada y bien vivida, que tiene lo que tiene y no le falta/sobra nada. Me da gusto haber predicho mi adultez hasta cierto rígido momento, y estar ahora a merced de lo que estos años nunca previstos traen consigo. Me da gusto sorprenderme de vivir una historia no contada.

Y así te vivo también: presente, improvisado, muy bien recibido. No sé qué sentimientos asocio a tu presencia, te has caracterizado por cortar mil telarañas en mi cabeza. Así que me suelto de definiciones y simplemente te vivo así, como vas llegando. Las palabras me son innecesarias: enamoramiento, amor, deseo, gusto, empatía, en fin, no me sirven. Dividen y categorizan lo que simplemente se siente, un todo, sin necesidad de etiquetas ni posturas. Libre de predicciones y quinielas.

Jun 28, 2010

toda la vida es ahora*


*Antonio Machado

Si, es cierto, seguramente escribo esto porque llegó. Quizá... es más, no quizá, sino seguramente, no escribiría esto si él no hubiera llegado... Pero llegó. No hay otra alternativa más que estar escribiendo esto.

Mucho tiempo me resistí a su no-llegada. Seguramente ahora mismo estaría en ello si no hubiera llegado. Pero llegó. Toda mi vida me dediqué a resistirme a la no-llegada de las cosas, siempre deseando la llegada de las mismas, en insatisfacción. "Desear es bueno, es ser ambicioso. El que es ambicioso alcanza más cosas. Tiene más. Es mejor. No desear es estar conforme. Mediocridad. No desear es... ¿incomprensible? Todos queremos algo, ¿o no?"

Entonces ahí están esos años de resistencia a su no-llegada, en especial a la suya, a la de otras cosas también, pero en especial a la suya. Recuerdo bien mis esfuerzos inútiles por provocar su llegada. En algún momento genuinamente creí que el balón permanecía en mi cancha para jugar.

¿Qué es eso que me tenía presa, haciéndome creer que era mi causa lo que ocurría?
¿Por qué me resistí a lo que la vida me dio?
¿Por qué insistí ante lo ingobernable?


Pero no era mi carta para jugar. No había nada que yo pudiera haber hecho ni nada que pudiera haber dejado de hacer para hacerlo llegar.

El momento y las circunstancias de su llegada son así, incuestionables, absolutos… lo único real. Ahora lo puedo ver. Ahora puedo ver que esos años pude bien olvidarme de todo el asunto y dejar de esperar. Asumirme en incompleta (si, ¿ y qué?) condición y vivir, simplemente vivir. Me pregunto si es por ese estado permanente de desear alcanzar lo inalcanzable que ahora siento que esos años se esfumaron. Que no era yo la que los vivía, ni la que los acumuló. Era la otra que nunca estaba en sí, pues siempre deseaba estar en otro lado.

De nuevo estoy ante una situación similar, pero me sigue costando fluir ante la no-llegada de las cosas. Eso, lo que tanto deseaba, sigue fuera de mi alcance y no hay nada qué pueda hacer para alcanzarlo. Su lejanía es lo único real, de nuevo incuestionable, de nuevo absoluta. Y sin embargo me encuentro resistiéndome, como antes, como siempre.

¿Por qué sigo insistiendo ante lo ingobernable?
¿Por qué me resisto a lo que la vida me da?
¿Por qué sigo perdiendo mi tiempo?

Jun 23, 2010

apariencias


sin respuesta partieron las preguntas
se marcharon las tristezas con el verde
se esfumaron en las tardes las angustias
me olvidé del deseo de tenerte

de mi vida cayeron dos pilares
uno ayer inexistente por pasado
y el otro que igualmente me aplastaba
el mañana inasible no llegado

di la espalda, de pronto, indiferente
a conceptos y edificios de la mente
fui testigo alegre de cenizas
en la fiesta de la hoguera de etiquetas

llegué entonces al lugar ya tan trillado
(también aparente pero nuevo)
y he mirado todo sin mirarlo
gozando del estado repentino

el ahora, el aquí, el esto es todo
el camino sin ruta, sin sendero
el silencio en ausencia de vacío
colibrí: mil batidos por segundo

e inhalé suspendida en esta altura
sin deseos de avanzar ni mejorarlo
sin deseos de comprender ni de explicarlo
sin tachar de buena o mala la estatura

di un pasito para atrás dejando el yo
plataforma alternativa de energía
las neuronas se burlaron a sí mismas
y la mente se desmoronó en la aurora

"esto soy", ni pensé, ni dije, ni hice
"ahí está", ni apunté, ni supe dónde
"es así", ni aclaré, ni supe cierto
"esto es", ni entendí, ni di por hecho

hogar


No me importaría si volviera a ella, en verdad. Yo sé qué le sonaría extraño, imposible, hasta irritante, pero es así, no me molestaría. Si pronto o no, un día cualquiera, me avisara que ha decidido regresar a ese camino. Me alegraría tanto tanto por él, por ellos. Porque a veces pienso que pertenece a eso, que es su historia, que tiene todavía un lugar y un papel en esa trama, y bien adentro, no afuera. Le percibo arrancado de su tribu... No le entiendo sin esa parte, y no entiendo la separación entre esa parte y él. Los acontecimientos... bue-, son pasado. No existen ya. En cambio el ahora, que tiene eco en cada segundo que ocurre, es favorable y cordial para el reencuentro. Sé bien por qué lo digo.

Me dejaría un sinsabor su partida, es verdad, pero algo más grande y más profundo hablaría, diciéndome que está bien, que va a dónde pertenece, que será feliz y seguirá creciendo. No hay más que alegrarse cuando el lobo regresa a la manada. Yo, en cambio, he perdido para siempre la mía.

descanso...


nada por qué luchar
nada qué perseguir
nada qué desear
nada qué planear
nada qué temer
nada qué negar
nada qué resistir



Jun 18, 2010

hay segundos


hay segundos como cuchillos
en que te amo
son así, filosos, brillantes, peligrosos
son de metal templado y frío
forjado a la braza ardiente

hay segundos como amuletos
en que te entiendo
cómo si supiera bien de qué hablas
descifrando la alquimia
que te acontece

hay segundos como cristales
en que te siento
y a través miro fugazmente quién soy
al cobijo de tu rendición
y tu mirada

hay segundos como desiertos
en que te temo
y el silencio de la noche me rodea
dejándome sólo
ausencia y frío

hay segundos como pájaros
en que eres mío
y palpitas en mi palma, alegre
te sacudes fuerte
y vuelas

May 18, 2010


Me sucedía a veces, que había fraternidad y paralelismo, camaradería e independencia, libertad y respeto, un "que te vaya bien".

... y era yo, entre liberada y protegida, quizá protegida por liberada.

Me sucedía también otras veces, que había deseo y fuego, contraposición y enfrentamiento, miedo a la pérdida y cierta aprehensión, un "no te vayas".

... y era yo, entre temerosa y decidida, quizá decidida por temerosa.

Otrás más, la indiferencia me envolvía, lo veía tan lejano y desconocido, escéptica a nuestro vínculo improvisado.

... y era yo, completamente temerosa y protegida.

Y otras más lo sentía tan conocido y tan mío, tan cercano y tan conectado, tan lógico y natural, como debió ser desde siempre.

... y era yo, completamente decidida y liberada.

May 15, 2010

desviaciones


...y por debajo de todo esto, del nuevo trabajo, de la mudanza después de tantos meses (años) queriendo salir de aquella ciudad, me encontré a mí misma debatiéndome entre el deber y el querer, y dentro del querer, el querer lo mío o lo nuestro...

Y es que de pronto los sueños habían perdido sentido. Tanto tiempo que mi energía apuntó a la casa autosuficiente, despertar con el amancer y los gallos, un baño seco y el huerto, y la vida de la permacultura... se había desgastado todo poco a poco, y otras cosas habían intervenido en el plan, haciéndolo menos asequible, más distante, más sueño y menos posibilidad... Y nunca supe resolver el detalle de hacer ese proyecto individual útil a los demás.

El trabajo tampoco era exactamente lo que había pensado. Me seguía manteniendo inquieta mi amigo de la selva, y mi auto-asignación de ayudarle, de generar algún sistema que le proveyera de ingresos. Él seguía mostrando interés, pero las posibilidades no parecían viables, la distancia era grande, y seguía yo sola en el asunto. Aún con el plan de GOL, las actividades estaban pensadas para una ubicación lejana a donde él estaba... Y el plan aún no daba color de cristalizarse.

Al menos había desechado la opción de aquél trabajo extenuante que prometía llevarme de nuevo a ese ritmo de marchas forzadas, insertada en un mundo intelectual y abstracto que ya me había chupado el cerebro por un lustro, y al que no le veía más sentido. Y sin embargo, desechar esta opción podía tener su costo a futuro, excluírme de la investigación y hasta de la academia. Era un cambio de rumbo más grande de lo que se alcanzaba a apreciar en primera instancia, pero simplemente, en este momento, me parecía una opción tan hueca, que por ello se tornaba riesgosa, y no quería volver a caer en ese rincón oscuro dónde ya había estado.

¿Entonces, a qué valía la pena dedicar la vida?

Hace algunos posts había dicho que a la vida. Me parecía muy claro en ese momento. Pero ahora había llegado él y lo había cambiado todo. Aún así me había ido de la ciudad -una coincidencia tan cómica como desafortunada- y había seguido con el plan de perseguir dar mi vida a la vida. ¿Qué clase de broma del destino era ésta? ¿Estar en una ciudad tan sosa como estéril por 6 años, y pocos meses después de salir, encontrarse en un encuentro tan sabroso como fértil, atado al mismo punto geográfico? Definitivamente, la broma no me hacía gracia.

Traté de soltar un poco las riendas. Al fin y al cabo, el dilema se reducía al miedo de decidir algo que me rindiera insatisfacciones. De nuevo esta ideología heredada de elegir siempre lo mejor de lo mejor y recriminarse siempre los errores. La incisiva cautela antes de las decisiones, la extrema planeación, la condena al que ha decidido mal, el eco en el tiempo de los errores cometidos… Era esto, más que la decisión en sí, lo que me angustiaba. Intentaba hacerlo, pero no lograba fluir.

¿Cómo desprenderme de esta angustia? ¿Cómo sentirme satisfecha con la decisión? ¿A qué naturaleza obedecer? ¿A la emoción, a la añoranza, a la comunión? ¿A la eficiencia, al trabajo, a la entrega? ¿Cómo comprometerme libremente con la decisión? ¿Cómo decidir y respirar tranquila, sin que el fantasma de las mil opciones pasadas me visitara antes de dormir? ¿Por qué no lograba decidir mejor conforme pasaba el tiempo? ¿Por qué no lograba integrar la emoción y la razón a las decisiones? ¿Era todo tan parcial cómo parecía, o era esto una construcción mía?

Me sentía perdida y sola.

May 10, 2010

ola y mujer


Tanto esperé tu llegada. Hablé contigo en mi cabeza mil diálogos silentes. Te imaginé exactamente como tú, y nada parecido. Supe que serías justo así, y no me lo imaginaba.

Y aquí estás ahora. Llegas como ola tan alta que da vértigo, violenta y sin reparo. Te estrellas en la playa con toda tu fuerza y ruges. Anulas todos los silencios y los ruidos, y eres sólo tú en este espacio, este momento. Te observo silenciosa. Trato de decir algo vano, pero tu estruendo me desplaza y me intimida. Me has quitado la voz. Te observo silenciosa. Tanto te he esperado... Supe que serías justo así y no me lo imaginaba.

Empiezo a jugar un poco con la arena, te imaginé mil veces, y me has descubierto de improviso. Pero me tocas los pies, tú-burbuja, espeso y blanco como nieve. Me acaricias y reposas, disfrutas y permaneces. Puedo verte y escucharte, tu brillo me ciega, es el día. Te miro entonces y te aprecio. Refulges con consistencia airosa, mil esferas vacías, con poder de prisma. Diáfanas, etéreas, oníricas, efímeras. Ya quiero tenerte, ya tocarte, ya llevarte, ya servirte, ya escucharte siempre y que me escuches. No haré caso de la arena, siempre y cuando sigas burbujeándome los dedos...

Pero te vas, te regresas. ¿Cómo, tan repentino? Tú en espuma no decides, lo veo claro. Tú en resaca jalas fuerte, de regreso, implacable, succionas y te llevas a tí todo. Retrocedes a tu fondo, y te ríes al partir con mil teorías. Soy ola, soy espuma, soy resaca, soy fondo. Soy el movimiento del agua con la Luna. Soy estruendo y ffffssss y succión y silencio. Te alegras, lo festejas. Eres todo fenómeno y proceso, me demuestras. Te miro con misterio y (auto) desconfianza, con un dedo en la boca y los ojos muy abiertos. ¿Me revolcarás si cedo? ¿Me ahogaré entre tus capas y corrientes? Casi te has ido del todo y sé que volverás a rugir en poco tiempo. ¿Cómo pued- ...? No he podido terminar la frase.

De nuevo tú ya fluyes. Y a mí el arena ya me sube a los tobillos tras tu encuentro.

fantasma de la tarde


Cae la tarde y aquí estás.
Ya sé.
Me has dicho que no tiene caso,
y tienes razón.

Pero hay algo en
la claridad lánguida del cielo,
el estático aliento de los vientos,
el vuelo de regreso a casa,
el canto que en susurro nace,
el reflejo opaco de las hojas,
la sombra ausente de las cosas,
el ladrido lejano de los perros,
la queja de madera abandonada,
de la piedra y de la casa el frío,
la bombilla con incandescente brillo,
y el quedo y errático estallido,

que,
aún sin caso y con razón,
cae la tarde,
y aquí estás.

May 7, 2010

_ _ _ _


U
na parte de mí notó cuánta falta me hacía. Cuán necesario y saludable es, como alimentarse, como respirar, como moverse. Cuán agradable es, como alimentarse, como respirar, como moverse.

Otra parte de mí se sorprendió de verse (no) involucrada, en nuevos términos: sin asociaciones sentimentales, improvisada y efímera, sin miedos de pérdida o nostalgia prematura por el mañana desértico, sin tu cuerpo.

Otra más notó lo inalienado del filo del deseo, intacto, cortante, indomable, liberado. Pero notó también el paso del tiempo en la fuerza, la elasticidad, la versatilidad, y la resistencia de mi cuerpo.

Y otra más, por último, notó simplemente, una y otra vez, lo grato de pasar la noche entre tus brazos y que despertaras a mi lado.

De nuevo, me reconocí la misma y a la vez, otra, nueva.

el encuentro


Te columpias cerca del centro y con lento oscilar pausado. En tu pendular me revelas la dimensión de mis desvaríos y extremas perspectivas distorsionadas. Pones todo en relación y se manifiestan las falacias y exageraciones. Tienes el poder de hacerme descubrir mis falsas pretensiones, sólo con tu actitud, con tu punto de vista. Me doy cuenta ahora: tantas cosas que usé como herramientas de poder y manipulación, tratando de ocultar mi debilidad con furia y fuerza huecas. Simpre queriendo dar el primer paso y llevar la batuta, siempre actuando con falsa decisión de papel en llamas que arde un segundo y se vuela en cenizas impotentes. Tú, en cambio, tan firme y bien plantado en tu cristalina naturaleza, ahora todo lo arrasas y sólo dejas en mis manos la verdad desnuda. Eludirla es imposible.

Tardé un poco en definir la sensación de ese primer encuentro entre nosotros. Me parecía indefinible y sui generis, y decidí guardar silencio antes de definirlo con premura. Pasados unos días se revelaba poco a poco la sensación experimentada. Primero la eliminación de referencias: no era nada parecido a lo anterior. No era frescura ni novedad. No era intimidación ante una fuerza mayor y por ende una rendición improvisada. No era tampoco amor. No parecía estar más cerca de definir la sensación, era inasible, como inasible eres con tu naturaleza etérea.

Pero sútilmente aparecieron poco a poco los matices: el primero, el de la falta de accesorios psicológicos, una franqueza física deprovista de intensiones secundarias. El segundo, el de la neutralidad, el de la cortesía democrática, la sugerencia y la recepción con el mismo peso en la balanza. El tercero, el de la naturalidad y la fidelidad a la biología, al impulso, al instinto, al método, al ritmo, al fin. El cuarto, el del cuidado y la compasión amorosa, la consideración, la humanidad, la calidez, el beso.

Eran en conjunto un mensaje claro: no era el encuentro una herramienta de poder ni una oportunidad de demostrar fuerzas relativas. Era un momento de comunión y abandono, de absoluta sensación infinita, atrapada en unos minutos de acrobacia, sin mayor trascendencia que la gloria de ser humanos. Juntos.

May 4, 2010

solicitud I


Querido:

Perdona por favor el despliegue despiadado de mis polillas en tu casa, cómo las dejé por ahí royendo esto y aquello, estorbando a tus pasos libres y ligeros. ¿Les has abierto la ventana para que salgan? Me han seguido hasta acá y revolotean a mi alrededor, hambrientas. Las he ido atrapando en un frasco de vidrio poco a poco, para verlas más de cerca y estudiarlas. Si tan sólo pudiera convertirlas en luciérnagas.

Perdona esas palabras-murciélago que apenas dije, quise inhalar de vuelta a mi garganta, con la desesperación del que se quema con fuego. Perdona que fuera yo tan débil para dejarlas salir, innecesarias. Yo qué más quisiera que darte sólo palabras-mariposa y que sonrieras.

Perdona por favor también la decadencia de mi pequeña casa y su abandono, no es nadie responsable de ello más que yo. Me apena que la veas, algunas cosas no funcionan y es incómoda. Tu casa, en cambio, está impecable y perfecta, porque sí eres lo que dices, lo que sientes, lo que piensas. Yo todavía no logro acercarme a la coherencia y sigo llena de contradicciones, como tú alguna vez dijiste de tí mismo, pero yo en tí no las veo.

So pena de parecerte poca cosa, no puedo evitar pedirte estas disculpas. Y es que me aterra el trillado instante en que con claridad me veas y quizá decidas que no soy tan _______ como pensaste alguna vez. Así que, antes de que te des cuenta, voy poco a poco apagando tus velitas y así al final sólo tendrás que darme la razón y listo: todo ya lo habré desecho sola. Siempre me queda la esperanza de que veas sólo esos momentos en que sin pensarlo te digo lo que pienso y te convences de que no soy toda errores y mórula.

Por favor ténme un poco de paciencia, que puedo volar alto si me echas una mano, pero hace rato que no vuelo ni por el patio. Por favor no te desesperes. Estoy algo oxidada y tratando de aprender nuevas formas de planear, sin mayor esfuerzo que echar al vacío las alas anchas, que quiero creer que todavía tengo, aunque no recuerdo haberlas visto ya hace tiempo. No al menos las que necesitaré para no caer ahora.

Te abrazo.